CASA MAR


La Casa del Mar

Mallol Arquitectos

 

Localización

Costa del Pacífico, Panamá

Proyecto

2010

Ejecución

2012-2014

Superficie

950 m²

Equipo de diseño

Arquitecto Principal: Ignacio Mallol Tamayo, Ignacio Mallol Azcárraga

Arquitecta Encargada: Melissa Ching

Interiores y Mobiliario: Davide Russo

Consultores

Instalaciones: Gustavo Benitez (QEPD),

Estructura: Ing. Samuel Quintero

Inspección Técnica: John Valencia, Arquitectos S.A.

Sistemas Especiales: Jaime de Roux Digital Lifestyle Panama

Mobiliario y equipamiento

Design Group LA.

Constructora

Ingeniería REC (Ing. Eduardo Di Bello)

Fotografía

Fernando Alda

Texto

Rolando Gabrielli, Silvia Escamilla

 

 





El mar entra en la carroza de la noche

Y se aleja hacia el misterio de sus parajes profundos

Se oye apenas el ruido de las ruedas

Y el ala de los astros que penan en el cielo

Éste es el mar

Saludando allá lejos la eternidad

Vicente Huidobro

 

Una casa sobre el mar es en sí misma un paisaje y un estado de ánimo que la arquitectura privilegia con su diseño, proyecta y transforma en aquel lugar íntimo que deseamos habitar. El sitio es el principal activo de toda construcción, se convierte en una identidad, un punto geográfico dispuesto a un nuevo orden, requisito que debe cumplir una casa, que no sólo forma parte de su entorno, sino que lo recrea y expresa bajo una nueva mirada.

La costa panameña, rodeada de una vegetación aún exuberante, atrae a residentes capitalinos e inversionistas extranjeros, con sus parajes naturales y tropicales próximos a la urbe, otorgándole al lugar ese valor agregado para disfrutar en familia y con amigos, el mar y la naturaleza, sin tiempo y a plenitud.

A no demasiada distancia de la ciudad, sobre el Pacífico, se sitúa la Casa del Mar. El lugar escogido, una parcela de terreno de 2000 m2, se aparta de la vía de comunicación general por senderos escondidos en un orden caótico de naturaleza selvática. Allá, entre un reducido conjunto de viviendas existentes, carentes de leyes claras de ordenación territorial, tipológica o lenguaje arquitectónico con el que poder entablar un diálogo.

La charla, la conversación, se antoja más apetecible con los fenómenos naturales que se nos presentan al llegar; la arena de la playa, la brisa, el mar, un islote al fondo que dirige nuestra mirada. Esta fuerte direccionalidad marcará el eje principal del proyecto a partir del cual se desarrolla el programa habitacional.

Una gran plataforma se deposita sobre la arena, en la playa; ligeramente elevada nos permite asomarnos al Pacífico para privilegiar la vista hacia ese pequeño islote que rompe el paisaje absoluto del océano. Este plano, conexión entre el mar y el acceso principal a la residencia, se sirve de tres materiales para definir los diferentes ámbitos que lo habitan: mármol, agua y madera.

El primero, el mármol tostado, color mostaza, lo reviste para crear diferentes estancias, tanto exteriores que dejan pasar la brisa a cobijo del sol y la lluvia, como otras interiores.

El segundo, el agua, discurre e inunda, atraviesa o evita, según el caso, al anterior. Pasa de ser una simple lámina a convertirse en jacuzzi o piscina para posteriormente fundirse visualmente en su límite infinito con el mar, la gran ecuación donde se sostiene la materialidad visible e invisible del programa. Sobre ella, al fondo, se alojan un par de chaise longue que junto a una escultura de Tito Ortiz, el mar y la isla como telón de fondo recrean una escena casi teatral.

La madera es el último elemento empleado en este plano horizontal. Es a través de ella que se definen los diferentes recorridos: un paseo que culmina en pasarela sostén de unas grandes máscaras, un par de asientos, enfatizando la teatralidad definida por los elementos anteriormente descritos, desde las que observar la salida y la puesta de sol o sentir el sonido de las olas y la brisa del mar; la bajada a la playa, mediante unas plataformas que parecen flotar y, por último, el acceso al interior, desembocando en una pieza de mármol blanco donde arranca la escalera que nos conduce a las zonas más privadas de la vivienda situadas en la planta superior.

La construcción presenta una apariencia abstracta, de volúmenes blancos, aparentemente muy cerrados. Dan la espalda al camino, al caos recorrido, para abrirse al mar. Se trata de dos paralelepípedos, sustentados y, al mismo tiempo, atravesados por grandes columnas que acogen el resto del programa. Volúmenes horadados para introducir ese paisaje, que no es sólo un elemento decorativo más que se instala en el interior de la casa como un gran cuadro a través de los enormes ventanales. Más bien, se hace partícipe del espacio como un volumen espiritual que se construye como parte fundamental de la obra. En palabras similares, alguien describió alguna vez la casa de la Lluvia de Juan Navarro Baldeweg, referente universal de arquitectura que reconoce y asimila el lugar.

El umbral de la casa lo configura la plataforma, al atravesar un portón de madera, que se extiende y despliega como una alfombra pétrea escalonada que nos recibe e invita a entrar bajo una gran marquesina. Al traspasarlo, nos encontramos con la presencia del agua que nos obliga a detenernos, justo en el eje principal, y observar ese cuadro al fondo a través de un patio cuyos límites se extienden hacia el porche que conforma uno de los paralelepípedos al elevarse del suelo. Completamente abierto, hace las veces de comedor, sala de estar, lugar de encuentro y esparcimiento, al mismo tiempo que de descanso y relax. Este gran porche constituye el corazón de la casa.

Dos variables son fundamentales en una casa en el trópico: el control de la luz y el viento.

La luz, elemento sigiloso, arbitrario e indispensable del espacio arquitectónico, como lo es en esta Casa del Mar, instalada en un escenario de por sí luminoso, se deja recorrer y vislumbrar con claridad, controlando su intensidad a través de grandes voladizos que evitan la incidencia directa de los rayos del sol. El viaje de la luz y la sombra por los espacios más inesperados de una casa son el complemento de una interioridad que se enriquece ante los ojos de quien disfruta lo que puede poner a su alcance una arquitectura que sabe que la luz es una necesidad compartida entre el arte, la técnica y el hombre.

El viento se desplaza de una manera controlada por el interior de la casa, generando una ventilación natural aún en aquellos ámbitos más cerrados que parecieran impedir su paso. Sin embargo, éste vuelve a expresarse magnífico, a plenitud, porque la casa siempre está abierta hacia su entorno natural, el que le da vida y sustentación en el lugar.

En esta obra, Naturaleza y Arquitectura buscan y promueven un encuentro, una simbiosis. La casa acoplada prácticamente al océano mira hacia un mar infinito, como si las máscaras que presiden el pequeño escenario dialogaran con viajeros inesperados pero, que algún día, vendrán a visitarla.